Sexo sin complejos

Decirlo de otro modo sería hipócrita y soltaría ese olorcillo similar al del cirio con combustión defectuosa que desprende lo políticamente correcto. El turismo sexual puede ser y, de hecho, es uno más de los atractivos de una ciudad. Sin querer decir que aquí ocurra de una manera especial o más clara, podemos decir que Barcelona es uno de los varios ejemplos en ese sentido.

Es más, el turista que completa sus visitas al Parque Güell o la Sagrada Familia con otra a los locales de alterne es cada vez menos clandestino y sus visitas son menos canallas cada día. Porque, recordemos, el caballero o grupo de ellos que, hasta hace unos años, acababa sus tours en estos locales presumía, pasado un tiempo, de haber conocido la Barcelona “canalla”.

Hoy, por hoy, sitios como Bagdad, La vie en rose o La perla negra BCN son lugares donde continuar la diversión, contratando los servicios de estas chicas, pero haciéndolo sin complejos y en un lugar donde se están sacudiendo a gran velocidad prejuicios y represiones que, si bien nunca deberían haber existido, al menos en esta ciudad están cayendo como naipes ante un vendaval.

Normalidad

Pero podemos ir incuso más allá: es tal la normalización que se está produciendo, empieza a ser tan natural que se den este tipo de negocios, cuyo beneficio ha de ser (y en los de los que hablamos, lo es) el derivado de servir copas o alquilar espacios, nunca el que suponga un menoscabo para la economía de las escorts o para su integridad en el sentido que sea. Es tal la normalización, decimos, que la propia Generalitat catalana ha expedido el permiso de actividad empresarial para varios de ellos.

Más aun: algunos de estos sitios han recibido el certificado internacional de calidad ISO 9001. Se trata de un premio muy exigente en sus estándares al que no todas las empresas pueden aspirar y en cuya recepción han sido los clubes barceloneses a los que hacemos referencia los primeros de su naturaleza en toda España.

Rompiendo con el pensamiento rancio

Por otra parte, determinados pensamientos de sacristía, cíngulo y cilicio pueden aducir que estos locales enrarecen el ambiente de la zona de la ciudad en la que se encuentran perjudicando a otros sitios de ocio más “sano” –nótense las comillas- o más (ahora sin comillas) familiar.

También para ellos tenemos respuesta: por el tipo de actividad, las personas que podrían escandalizarse no suelen estar en la calle a esas horas. Es más: la propia naturaleza de estos sitios les exige ser discretos, ya que muchos de los clientes, aparte del rato que pasen allí tienen una vida familiar  o un nombre que no quieren que se relacione con estos ambientes. Por desgracia, no todo el mundo lo entendería. Y sus esposas, probablemente, menos.

Sea como, le pese a quien le pese, los locales de alterne están ganando cada vez más peso en las ciudades turísticas, sobre todo en aquellas de mentalidad más abierta, como es el caso de Barcelona. Suponen un atractivo más y las molestias, al menos en los sitos regulados, son mínimas en comparación con los beneficios.